El mercado como Dios

Por Harvey Cox (traducción de Andrés Cammisi) //

Hace algunos años, un amigo me dijo que, si quería saber lo que pasaba en el mundo real, debía leer los suplementos de negocios de los diarios. Aunque el interés de toda mi vida ha sido el estudio de la religión, siempre he estado dispuesto a ampliar mis horizontes; de modo que seguí su consejo, con el vago temor de tener que enfrentarme a un vocabulario nuevo y desconcertante. Sin embargo, me sorprendió descubrir que la mayoría de los conceptos con que me topaba me resultaban bastante familiares.

Esperando una terra incognita, me encontré en cambio en el reino del déjà vu. El léxico de The Wall Street Journal y la sección de negocios de Time y Newsweek resultó tener una asombrosa semejanza con el del Génesis, la Epístola a los Romanos de San Pablo y La Ciudad de Dios de San Agustín. Detrás de la descripción de las reformas de mercado, la política monetaria y las circonvoluciones del índice Dow Jones, fui reconociendo de a poco las piezas de un gran relato sobre el significado oculto de la historia humana, por qué las cosas habían salido mal y cómo corregirlas. Los teólogos llaman a esto mitos del origen, leyendas de la caída, y doctrinas del pecado y la redención. Pero aquí estaban de nuevo, bajo un fino disfraz: crónicas sobre la creación de la riqueza, las seductoras tentaciones del estatismo, el cautiverio anónimo ejercido por los ciclos económicos, y, en última instancia, la salvación a través del advenimiento de los mercados libres. Todo ello con una pequeña dosis de ascetismo (el cinturón ajustado a lo largo del camino) especialmente para las economías del este asiático.

Según los devotos, los problemas de esa región se debían a su herética desviación de la ortodoxia del libre mercado: en lugar de la verdadera fe, esos países habían sido practicantes del “capitalismo de amigos”, el “etnocapitalismo”, el “capitalismo estatista”. Los momentos de pánico financiero en Asia, el default de la deuda rusa, la turbulencia económica de Brasil y la “corrección” de 1.500 billones de dólares del mercado bursátil estadounidense, hicieron temblar momentáneamente la creencia en la nueva dispensación. Pero la fe se fortalece en la adversidad y el Dios Mercado emerge renovado de la prueba del “contagio” financiero. Dado que el argumento del “diseño” ya no logra probar su existencia, rápidamente se está convirtiendo en una deidad posmoderna, en la cual se cree a pesar de las evidencias. En octubre de 1998, Alan Greenspan reivindicó esta fe moderada en su testimonio ante el Congreso de los Estados Unidos. Uno de los principales fondos especulativos acababa de perder miles de millones de dólares, sacudiendo la confianza en el mercado y precipitando el clamor por una nueva regulación federal. Greenspan, habitualmente délfico en sus comentarios, fue tajante en esta ocasión. Para él, lo único que lograría la regulación sería bloquear el funcionamiento de los mercados, y consideraba que éstos debían seguir autorregulándose. Como dice San Pablo, la verdadera fe es la evidencia de las cosas invisibles.

Pronto empecé a maravillarme por lo abarcadora que es la teología de los negocios. Había incluso sacramentos para transmitir el poder de salvación a los extraviados, un calendario de santos empresariales, y, también, lo que los teólogos denominan “escatología” -esto es, una enseñanza sobre el “fin de la historia”. Mi curiosidad se despertó. Comencé a catalogar estas doctrinas asombrosamente familiares, y comprendí que, de hecho, en los suplementos de negocios anidaba toda una teología, comparable en alcance -si no en profundidad- con las de Santo Tomás de Aquino o Karl Barth. Sólo necesitaba ser sistematizada para dar forma a una nueva y completa Summa.

En la cúspide de cualquier sistema teológico se encuentra, desde luego, la doctrina de Dios. En la nueva teología, este pináculo celestial está ocupado por El Mercado, que escribo con mayúsculas para expresar tanto el misterio que lo envuelve como la reverencia que inspira en la gente de negocios. Por supuesto, cada credo posee un punto de vista diferente sobre los atributos divinos. En el cristianismo, Dios ha sido definido a veces como un ser omnipotente (detentador de todo el poder), omnisciente (poseedor de todo el conocimiento), y omnipresente (existente en todas partes). Es cierto que la mayoría de las teologías cristianas son un poco elusivas al respecto. Nos enseñan que estas cualidades divinas se encuentran efectivamente allí, pero que se ocultan a nuestros ojos, tanto por el pecado humano como por la trascendencia misma de lo divino. Como dice el viejo canto, ellas están “bajo una luz inaccesible, ocultas a nuestros ojos”. Del mismo modo, aunque se nos garantiza que El Mercado posee estos atributos divinos, no siempre resultan completamente evidentes para los mortales, por lo que deben ser creídos y afirmados mediante la fe. Como dice otro viejo góspel: “Ya entenderemos por qué”.

Tratando de seguir los argumentos y explicaciones con que los economistas-teólogos justifican a los hombres los caminos de El Mercado, detecté la misma dialéctica con la que me había familiarizado en los años que pasé reflexionando sobre los tomistas, los calvinistas y las diversas escuelas del pensamiento religioso moderno. En particular, la retórica de los economistas-teólogos se parece a la denominada “teología del proceso”, una tendencia relativamente contemporánea influida por la filosofía de Alfred North Whitehead. Para esta escuela, aunque Dios desea poseer los atributos clásicos, no los posee aun completamente; no obstante, se mueve definitivamente en esa dirección. Por razones obvias, esta conjetura es de enorme ayuda para los teólogos. Resuelve el molesto enigma de la teodicea: esto es, por qué suceden tantas cosas malas, intolerables para un Dios omnipotente, omnipresente y omnisciente –y, especialmente, para uno benévolo. La teología del proceso parece ofrecer también un consuelo importante a los teólogos de El Mercado. Ayuda a explicar la dislocación, el dolor y la desorientación que resultan del paso de la heterodoxia económica a la instauración de mercados libres.

Por supuesto, desde las etapas más tempranas de la historia humana han existido bazares, rialtos y factorías– todos ellos mercados. Sin embargo, nunca antes el Mercado fue Dios, porque había otros centros de valor y significado, otros “dioses”. El Mercado operaba en el marco de una multitud de instituciones que lo contenían. Como Karl Polany ha demostrado en su obra clásica La Gran Transformación, sólo en los últimos dos siglos El Mercado se ha elevado por encima de estos semidioses y espíritus ctónicos para convertirse en la Causa Primera de nuestros días.

Al principio, la ascensión de El Mercado a la supremacía olímpica replicaba el ascenso gradual de Zeus por sobre el resto de las divinidades del antiguo panteón griego (un ascenso que nunca fue del todo seguro). Se recordará que Zeus debía mantenerse alerta, y descargar su furia desde el Olimpo para sofocar las amenazas a su soberanía que surgieran aquí o allá. Sin embargo, últimamente, El Mercado se parece más al Yahvé del Antiguo Testamento -no una deidad superior compitiendo con otras, sino la deidad suprema, el único Dios verdadero, cuyo reino debe ser aceptado universalmente, sin admitir rival alguno.

La omnipotencia divina significa la capacidad de definir lo que es real. Es el poder para hacer algo de la nada, y nada de algo. La omnipotencia deseada-pero-aun-no-lograda de El Mercado significa que no existe límite concebible a su inexorable capacidad de transformar la creación en un cúmulo de mercancías. No se trata de una idea nueva, pero ahora viene con una vuelta de tuerca. En la teología católica el pan y el vino comunes y corrientes se convierten en vehículos de lo sagrado por medio de la “transubstanciación”. En la misa de El Mercado ocurre un proceso inverso. Las cosas que se consideraban sagradas transmutan en artículos para la venta. La tierra es un buen ejemplo. Durante milenios tuvo varios significados, muchos de ellos misteriosos. Ha sido Madre Tierra, lugar de descanso ancestral, montaña sagrada, bosque encantado, patria tribal, inspiración estética, campo santo y mucho más. Pero cuando suenan las campanillas y los elementos se elevan en la misa de El Mercado, todos estos complejos significados de la tierra se funden en uno solo: bienes raíces. Al precio adecuado, ninguna tierra está fuera de venta. Esta desacralización radical altera de manera sorprendente la relación de los seres humanos con la tierra: lo mismo ocurre con el agua, el aire, el espacio y pronto (como ha sido predicho) con los cuerpos celestes.

En el momento más importante de la misa, el sacerdote dice: “Este es mi cuerpo”, refiriéndose al cuerpo de Cristo y, por extensión, a los cuerpos de todos los creyentes. Tanto el cristianismo como el judaísmo enseñan que el cuerpo humano está hecho “a semejanza de Dios”. Sin embargo, en la actualidad, en una muestra deslumbrante de transubstanciación inversa, el cuerpo humano es el último cáliz sagrado que falta convertir en mercancía. El proceso comenzó, convenientemente, con la sangre. Pero ahora, o pronto, todos los órganos del cuerpo humano -riñones, piel, médula ósea, esperma y el mismo corazón- se convertirán milagrosamente en objetos de cambio.

Aun así, la liturgia de El Mercado no se desarrolla sin cierta oposición. En Estados Unidos, por ejemplo, se está desplegando una batalla importante en torno al intento de comercializar los genes humanos. Hace unos años, aliándose por primera vez desde que se tenga memoria, todas las instituciones religiosas del país, desde el Consejo Nacional de Iglesias (de orientación liberal), pasando por los obispos católicos, hasta la Coalición Cristiana, se opusieron al mercado de genes, la última teofanía de El Mercado. Pero estos críticos son seguidores de lo que ya son “viejas religiones”, y tal vez no tengan la fuerza necesaria para detener el avance de la nueva devoción, tal como ocurrió con los cultos a las diosas que prosperaron en la antigua Grecia hasta que la veneración del joven y vigoroso Apolo comenzó a generalizarse.

Ocasionalmente, los conversos tratan de morder la Mano Invisible que los alimenta. El 26 de octubre de 1996, el gobierno alemán publicó un aviso poniendo en venta el pueblo entero de Liebenberg, en la ex Alemania Oriental, sin ninguna notificación previa a sus 350 residentes. Los habitantes del pueblo, muchos de ellos ancianos o desempleados, no daban crédito a la noticia. Ciertamente, habían repudiado el comunismo, pero no esperaban que algo así sucediera cuando optaron por la economía de mercado que la reunificación les había prometido. En Liebenberg hay una iglesia del siglo XIII, un castillo barroco, un lago, un coto de caza, dos restaurantes y 3.000 acres de praderas y bosques. De la noche a la mañana, Liebenberg se convirtió en una parábola viviente, permitiendo echar un invaluable vistazo al Reino donde se cumple la voluntad de El Mercado. Pero los indignados vecinos no se sintieron particularmente bendecidos. Pusieron el grito en el cielo y la venta se pospuso. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que no habían logrado una verdadera victoria. El Mercado, como Yahvé, podrá perder alguna escaramuza, pero siempre saldrá victorioso al final de una guerra de desgaste.

Desde luego, en el pasado, la religión no ha sido renuente a cobrar por sus servicios. Se han vendido (y todavía se venden) oraciones, misas, bendiciones, curaciones, bautismos, funerales y amuletos. Tampoco la religión ha sido siempre sensible a las consecuencias de este comercio. A principios del siglo XVI, Johann Tetzel subió el precio de las indulgencias e implementó incluso uno de los primeros jingles de la historia con el objetivo de aumentar las ventas (“Cuando la moneda en el plato tintinea, el alma fuera del purgatorio vuela”). No advirtió que se estaba extralimitando. Los compradores se opusieron, y un joven monje agustino puso freno a este tráfico clavando un cartel en la puerta de una iglesia.

Hoy sería mucho más difícil para un Lutero interrumpir la venta de amuletos que realiza El Mercado. Como descubrieron los habitantes de Liebenberg, ahora todo puede comprarse. Lagos, praderas, iglesias –todo lleva un cartel con su precio. Pero esta misma práctica tiene su costo. En la medida en que toda la creación se convierte en mercancía, los seres humanos empiezan a mirarse entre sí, y a sí mismos, de un modo extraño. Y lo que ven son etiquetas coloreadas con la indicación de los precios. Hubo una época en que la gente hablaba, al menos ocasionalmente, del “valor intrínseco” –si no de las cosas, al menos de las personas. El principio de Liebenberg altera todo eso. Cabe preguntarse qué sería de un Lutero moderno que intentara publicar sus tesis en la puerta de la iglesia, sólo para descubrir que el templo ha sido comprado por un multimillonario estadounidense que pensó que el edificio se vería mejor en el interior de su propiedad.

Es reconfortante notar que, por lo menos, los ciudadanos de Liebenberg no fueron incluidos en el paquete. Sin embargo, esto plantea una buena pregunta: ¿cuál es el valor de una vida humana en la teología de El Mercado? En este punto, la nueva deidad hace una pausa, aunque no por mucho tiempo. El cálculo puede ser complejo, pero no es imposible. No debemos creer, por ejemplo, que si un niño nace severamente discapacitado, incapaz de crecer y volverse “productivo”, El Mercado decretará su muerte. Debe recordarse que las ganancias obtenidas de los medicamentos, los aparatos ortopédicos y los tomógrafos también deben entrar en la ecuación. Este análisis de costos podría dar por resultado que el sujeto salvara su vida de milagro –pero, como el valor intrínseco de la vida del niño no puede cuantificarse, sería difícil incluirlo en el cálculo.

A veces se dice que nada es sagrado, puesto que todo está en venta bajo el imperio de El Mercado. Pero esto no es del todo cierto. Hace tres años, una controversia desagradable estalló en Gran Bretaña. Un fondo de pensiones de los trabajadores ferroviarios poseía un pequeño cofre incrustado de piedras preciosas, donde -se dice- reposaron los restos de Santo Tomás Becket, y decidió subastarlo a través de Sotheby’s. El cofre data del siglo XII y es reverenciado no sólo como reliquia sagrada sino también como patrimonio nacional. El Museo Británico hizo el intento de adquirirlo, pero no contaba con fondos suficientes y el cofre fue vendido a un canadiense. Medidas de último momento adoptadas por el gobierno evitaron que la reliquia abandonara el Reino Unido. Sin embargo, en principio, en la teología de El Mercado no hay ninguna razón por la que cualquier reliquia, féretro, cuerpo o monumento nacional, incluyendo la Estatua de la Libertad o la Abadía de Westminster, no pueda ser incluida en la lista. Si acaso la Vera Cruz hubiese sido realmente encontrada ¿alguien duda de que habría llegado eventualmente al catálogo de Sotheby’s? El Mercado no es omnipotente… todavía. Pero el proceso ya está en marcha y va ganando impulso.

La omnisciencia es un poco más difícil de medir que la omnipotencia. Es posible que El Mercado ya la haya alcanzado, pero es incapaz –temporalmente- de poner en práctica su gnosis hasta el advenimiento pleno de su Reino y de su Poder. No obstante, el pensamiento actual ya le confiere a El Mercado una sabiduría integral que, en el pasado, sólo era conocida por los dioses. Se nos enseña que El Mercado es capaz de determinar cuáles son las necesidades de los seres humanos, cuál debe ser el costo del cobre o del capital, cuánto debe pagarse a los peluqueros y a los CEOs, y a qué precio deben ser vendidos los jets, las zapatillas deportivas y las histerectomías. ¿Pero cómo conocemos la voluntad de El Mercado?

En la antigüedad, los videntes caían en estado de trance y después informaban a las personas ansiosas cuál era el humor de los dioses, si era un momento propicio para emprender un viaje, contraer matrimonio o empezar una guerra. Los profetas de Israel se retiraban al desierto y luego volvían para anunciar si Yahvé se sentía benevolente o furioso. Hoy en día, la veleidosa voluntad de El Mercado se manifiesta a través de los reportes diarios de la bolsa de Wall Street y otros órganos sensoriales del mundo de las finanzas. Así podemos enterarnos, cada día, si el Mercado se encuentra “aprensivo”, “aliviado”, “nervioso”, o incluso a veces “lleno de júbilo”. Sobre la base de esta revelación, expertos llenos de temor reverencial toman decisiones críticas acerca de comprar o vender. Como uno de esos dioses devoradores de la antigüedad, El Mercado –adecuadamente encarnado en la figura de un toro o un oso– debe ser alimentado y mantenido satisfecho en cualquier circunstancia. Es verdad que, en ocasiones, su apetito parece excesivo: un rescate de 35.000 millones de dólares por aquí, otro de 50.000 millones por allá –pero la alternativa a saciar su hambre es demasiado terrible como para ser contemplada.

Los adivinos y videntes de los estados de ánimo de El Mercado son los sumos sacerdotes de sus misterios. Actuar en contra de sus exhortaciones es arriesgarse a la excomunión y posiblemente a la perdición. Hoy en día, por ejemplo, si una política estatal irrita al Mercado, se infligirá sufrimiento a los responsables de la irreverencia. Nada debe poner en duda su omnisciencia suprema: ni que el Mercado se sienta a gusto con el despido de trabajadores, o con el aumento de la desigualdad de ingresos; o que se regocije porque se incrementan las ventas de cigarrillos a los jóvenes de Asia. Al igual que la inescrutable deidad de Calvino, El Mercado puede actuar de maneras misteriosas, que se “ocultan a nuestros ojos”, pero que Él, en última instancia, conoce mejor que nadie.

A veces la omnisciencia puede resultar un poco invasiva. En el Libro de Oración Común de la Iglesia de Inglaterra, Dios es invocado como aquel “para quien todos los corazones están abiertos, todos los deseos son conocidos, y ningún secreto permanece escondido”. Del mismo modo, El Mercado ya conoce los secretos más profundos y los deseos más oscuros de nuestros corazones -o, por lo menos, querría conocerlos. Pero uno sospecha que la motivación divina difiere en estos casos. Claramente, El Mercado quiere tener esta omnisciencia de rayos-x porque indagando en nuestros miedos y deseos más íntimos, y ofreciendo luego soluciones universales, puede extender aún más su alcance. Al igual que los dioses del pasado, cuyos sacerdotes ofrendaban al cielo las fervientes oraciones y pedidos de la gente, El Mercado se apoya en sus propios intermediarios: los investigadores motivacionales. Entrenados en el avanzado arte de la psicología, que desde hace mucho tiempo ha sustituido a la teología como la verdadera “ciencia del alma”, los herederos modernos de los confesores medievales hurgan en las fantasías, inseguridades y esperanzas ocultas del pueblo.

Uno a veces se pregunta, en esta era de la religión de El Mercado, adónde han ido a parar los escépticos y los librepensadores. ¿Qué ha ocurrido con los Voltaire que alguna vez denunciaban los falsos milagros, y con los H. L. Menckens que daban silbidos estridentes frente a las patrañas religiosas? Actualmente, el control ejercido por la ortodoxia es tal, que cuestionar la omnisciencia de El Mercado es cuestionar la inescrutable sabiduría de la Providencia. El principio metafísico es obvio: si digo que algo es lo real, entonces debe ser lo real. Como señaló el antiguo teólogo cristiano Tertuliano: “Credo quia absurdum est” (“Creo porque es absurdo”).

Por último, existe la voluntad divina de ser omnipresente. Prácticamente todas las religiones transmiten esta idea de una manera u otra, y la nueva religión no es una excepción. La última tendencia en la teoría económica es tratar de aplicar el cálculo de mercado en áreas que antes parecían exentas, como las salidas en pareja, la vida familiar, las relaciones maritales y la crianza de los hijos. Henri Lepage, un entusiasta defensor de la globalización, habla de la existencia de un “mercado total”. San Pablo les recordaba a los atenienses que sus propios poetas evocaban en sus cantos a un Dios “en el cual vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser”; de manera que ahora El Mercado no sólo está a nuestro alrededor, sino también en nuestro interior, conformando nuestros sentidos y nuestros sentimientos. No parece haber modo de escapar a su infatigable misión. Como el Lebrel del Cielo, nos persigue a casa desde el centro comercial, y nos acompaña a la guardería y hasta la habitación.

Solía pensarse -equivocadamente, como más tarde se comprobó- que por lo menos la dimensión más íntima o “espiritual” de la vida era resistente a El Mercado. Parecía improbable que ese castillo interior pudiera ser puesto en la lista de la Century 21. Pero desde que los mercados de bienes materiales comenzaron a saturarse, estados de gracia como la serenidad y la tranquilidad –que anteriormente no estaban en venta- ahora empiezan a aparecer en los catálogos comerciales. Más aún, el éxtasis y la espiritualidad hoy se ofrecen en forma convenientemente genérica. Así, el Mercado pone a disposición los beneficios religiosos que antes exigían oración y ayuno, sin la incomodidad del compromiso confesional o la tediosa disciplina ascética que limitaban su accesibilidad. Ahora todo eso puede ser adquirido cómodamente, sin una demanda excesiva de tiempo, con un fin de semana en un hotel del Caribe y la asistencia de un consultor psicológico sensato, capaz de reemplazar al malhumorado maestro de un retiro espiritual.

El descubrimiento de la teología de El Mercado me hizo pensar de otro modo acerca del conflicto entre las religiones. La violencia entre católicos y protestantes en el Ulster, o entre hinduistas y musulmanes en la India, domina habitualmente los titulares de los diarios. Pero empecé a pensar que el verdadero choque de religiones (o incluso de civilizaciones) quizás haya pasado desapercibido. Estoy empezando a creer que para todas las religiones del mundo, sin importar cuánto difieran unas de otras, la religión de El Mercado se ha convertido en su más formidable rival (tanto más por cuanto rara vez se la reconoce como religión). Como hemos visto, las religiones tradicionales y la religión del mercado global sostienen visiones de la naturaleza radicalmente diferentes. En el cristianismo y el judaísmo, por ejemplo, “del Señor es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan”. El Creador designa a los seres humanos como administradores y jardineros, pero conserva –por así decir- el título sobre la tierra. Otros credos sostienen ideas similares. Sin embargo, en la religión de El Mercado los seres humanos, y muy particularmente los que tienen dinero, son dueños de todo lo que compran, y disponen –dentro de ciertos límites– de cualquier cosa a elección. Se pueden señalar otras contradicciones referidas al cuerpo humano, la naturaleza de la comunidad humana y el sentido de la vida. Las religiones antiguas fomentan el apego arcaico a sitios particulares. Pero a los ojos de El Mercado todos los lugares son intercambiables. El Mercado prefiere una cultura mundial homogénea con la menor cantidad posible de particularidades molestas.

Los desacuerdos entre las religiones tradicionales se vuelven insignificantes comparados con las diferencias fundamentales que ellas tienen frente a la religión de El Mercado. ¿Desencadenará esto una nueva jihad o a una nueva cruzada? Lo dudo. Parece poco probable que las religiones tradicionales se pongan a la altura de las circunstancias y desafíen las doctrinas de la nueva dispensación. La mayoría de ellas parece contentarse con volverse sus acólitas, o ser absorbidas en su panteón, tal como los antiguas dioses nórdicos, que al cabo de protestar llegaron a un acuerdo, aceptando un disminuido pero seguro estatus como santos de la cristiandad. En general, soy un partidario entusiasta del ecumenismo. Sin embargo, las contradicciones entre las visiones del mundo de las religiones tradicionales y la que posee la religión de El Mercado son tan fundamentales, que parece no haber acuerdo posible, y espero secretamente que renazcan las polémicas.

Ninguna religión, sea nueva o antigua, está sujeta a prueba empírica y, por lo tanto, lo que tenemos es una competencia entre credos. Es mucho lo que está en juego. El Mercado, por ejemplo, prefiere fuertemente el individualismo y la movilidad. Dado que necesita trasladar a las personas donde sea que la producción lo requiera, se enfurece si la gente se aferra a las tradiciones locales. Esas tradiciones pertenecen a dispensaciones antiguas y –al igual que los lugares altos de los Baalim- deben ser enterradas. O tal vez no. Como las religiones previas, la nueva religión tiene ingeniosos métodos para incorporar a las preexistentes. Los templos hinduistas, los festivales budistas, y los santuarios católicos pueden esperar nuevas encarnaciones. Junto con la vestimenta nativa y la comida especiada, se les permitirá dar color local y autenticidad a lo que de otro modo podría ser visto como un insulso Beulah Land.

Sin embargo, existe una contradicción entre la religión de El Mercado y las religiones tradicionales que parece ser insuperable. Todas éstas enseñan que los seres humanos son criaturas mortales y que existen límites para cualquier proyecto terrenal. Cierta vez, un maestro zen japonés dijo a sus discípulos en plena agonía: “En la vida he aprendido una sola cosa: cuánto es suficiente”. Este maestro no encontraría nicho en la capilla de El Mercado, para quien el primer mandamiento es “Nunca es suficiente”. Como el tiburón proverbial que deja de moverse, El Mercado que deja de expandirse, muere. Eso podría ocurrir. Y si ocurre, después de todo, Nietzsche habrá estado en lo cierto. Sólo que habrá tenido en mente al Dios equivocado.

 

* Harvey Cox es Teólogo y Profesor emérito de la Universidad de Harvard.  El título de este artículo coincide con el del libro publicado en 2016 por el autor.

** Andrés Cammisi es Licenciado en Economía por la Universidad Nacional del Litoral y Doctorando en Epistemología e Historia de la Ciencia, Universidad Nacional de Tres de Febrero

Este artículo fue publicado originalmente en la revista The Atlantic, Marzo de 1999 y se encuentra disponible en https://www.theatlantic.com/magazine/archive/1999/03/the-market-as-god/306397/. La publicación de esta versión traducida no persigue ningún fin de orden comercial.

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