La política de la desilusión en Brasil

Por Helder Ferreira do Vale //

En los últimos años, Brasil se ha visto inmerso en una profunda inestabilidad política sin precedentes. Desde de su reciente democratización, jamás sus políticos e instituciones se habían visto aquejados de tanto desprestigio.

La prolongada crisis política que vive Brasil hubiera podido ser una oportunidad para un cambio hacia una consolidación democrática profunda. Sin embargo, el actual contexto da claras señales de favorecer un retroceso democrático. Como parte de este retroceso, encuestas recientes desvelan la escasa confianza de los brasileños en sus instituciones. Una de las encuestas del Instituto Brasileño de Opinión Pública (IBOPE),  Índice de Confianza Social (ICS), muestra que apenas el 18% de los ciudadanos confía en el Congreso Nacional.

El descrédito histórico de los actores e instituciones democráticas en Brasil indica una desilusión de los brasileños por su democracia. Desilusión que coincide con las elecciones presidenciales de 2018, una de las más reñidas de la historia democrática de Brasil.

En medio de una creciente tensión política, la campaña por la presidencia de Brasil está sumida en la “política de la desilusión”, que se caracteriza por una desesperanza del electorado con respecto a las perspectivas de mejora de los problemas causados por una prolongada crisis política y económica.

En medio de graves escándalos de corrupción que vienen debilitando a la clase política brasileña desde 2014, Brasil vive además la peor crisis económica de su historia. Bajo este clima de desilusión, los políticos antisistema tienen grandes posibilidades de prosperar. De hecho, en estas elecciones los que consiguen explotar esta desilusión lideran la carrera hacia la presidencia.

La lógica dominante de la campaña presidencial de 2018 es: cuanto mayor sea la desconfianza de los votantes en el sistema político y la clase política, mayor será la posibilidad de identificación de estos votantes con candidatos antisistema. Bajo esta lógica, al inicio de los comicios los candidatos con un discurso antisistema, el ultraderechista Jair Bolsonaro y el expresidente izquierdista, actualmente encarcelado por corrupción, Luis Inácio Lula da Silva, lideraban las encuestas. Pese a las considerables diferencias ideológicas y de trayectoria política entre Bolsonaro y Lula, ambos explotan a la perfección la desilusión de los votantes.

Hasta la impugnación por el Tribunal Electoral de la candidatura de Lula en septiembre, los candidatos con mayor intención de voto según las encuestas eran el propio Lula, con aproximadamente el 37% de los consultados, seguido por Bolsonaro, con el 18%. Curiosamente, estos dos candidatos mantenían a su vez el más alto porcentaje de rechazo entre los electores, Bolsonaro con un 37% y Lula con un 30%. La intención de voto nulo y en blanco, así como los indecisos y las abstenciones, sumados alcanzaban el alto nivel histórico del 40% de los encuestados.

Con la anulación de la candidatura de Lula la incertidumbre electoral se ha incrementado pues su suplente, el exministro de educación (2005-2012) y exalcalde de São Paulo (2013-2016), Fernando Haddad, no ha tenido la capacidad de captar los votos de Lula. La dificultad de transferencia de votos de Lula se debe sobretodo a que Haddad sea poco conocido en el nordeste de Brasil, donde se concentra los votantes más fieles a Lula, y a su estilo poco pragmático a la hora de articular ideas y propuestas. Asimismo, Haddad con su perfil técnico sufre un rechazo dentro de su partido, el Partido de los Trabajadores (PT), por ser considerado un candidato “moderado” para unas elecciones ideologizadas como las actuales.

El resultado de la primera ronda electoral, celebrada el último 7 de octubre dejó clara la ventaja de Bolsonaro sobre Haddad. Impulsado por un creciente favoritismo en días que precedían la votación, Bolsonaro salió reforzado de los comicios con 48% de los votos validos, mientras Haddad alcanzó 32% de los votos.

Respaldando la lógica de la política de la desilusión, los candidatos que más representan la polarización y la radicalización volverán a enfrentarse en una segunda ronda el próximo 28 de octubre bajo una ascendiente violencia política.

Según denuncias recibidas por la policía y contabilizadas en la plataforma #VítimasDaIntolerância y por la entidad Open Knowledge Brasil, un poco más de 50 agresiones físicas y verbales fueron propagadas por supuestos seguidores de Bolsonaro tras pocos días del fin de la primera ronda.

¿Cómo aprovechan los candidatos la desilusión de los votantes y contribuyen para el incremento de la radicalización política? El discurso antisistema de Bolsonaro intenta capitalizar la frustración de los electores con la corrupción política y con la creciente violencia en Brasil. Bolsonaro, con sus declaraciones homofóbicas, misóginas y racistas, centra su campaña sobre todo en propuestas como la reducción de la mayoría de edad penal, la universalización de la tenencia y porte de armas, o la defensa de la pena de muerte, entre otras propuestas. Sus afirmaciones en defensa de dictadores y del autoritarismo, tales como “El error de la dictadura [en Brasil] fue torturar y no matar” o “Pinochet debería haber matado más gente”, ya son una constante en sus discursos.

Siguiendo la senda antisistema, pero con el foco en combatir la supuesta persecución política de las iniciativas anticorrupción de la judicatura brasileña, Haddad sigue el discurso del PT desde el impeachment de Dilma Rousseff en 2016, y ataca algunas instituciones democráticas de forma periódica. El discurso de victimización del PT además deja clara la falta de cualquier propuesta concreta para cambiar el contexto de crisis que vive Brasil. En un vídeo de la campaña electoral Lula se victimiza: “Soy un inocente, juzgado para impedir que este inocente haga otra vez un mejor gobierno para Brasil”.

Sin lugar a dudas estas elecciones son atípicas. Más allá de la exitosa estrategia antisistema, existen otras atipicidades, como la anulación de la inscripción de un candidato a la presidencia por el Tribunal Electoral, lo que posibilita al candidato cesado, Lula, a utilizar esta anulación para cuestionar la legitimidad de las elecciones, algo sin precedentes en el Brasil democrático.

Se suman a este contexto lleno de particularidades otras incógnitas que añaden incertidumbre al panorama electoral. El atentado sufrido por Bolsonaro durante un acto electoral abre un precedente histórico en las elecciones presidenciales de Brasil, al poner en escena la utilización de la violencia política ante el colapso en el entendimiento entre los partidos, así como entre los políticos y los distintos sectores de la sociedad.

La ausencia de Bolsonaro en los debates televisivos es otro aspecto que marca diferencia entre la actual campaña electoral y las anteriores. De un total de siete debates oficiales en el calendario electoral de la primera ronda, Bolsonaro acudió apenas a los tres primeros hasta sufrir el atentado que debilitó su salud. En la segunda ronda, había seis debates programados pero Bolsonaro, todavía en fase de recuperación de los daños físicos del atentado, se ha negado a acudir a las citas avalado por atestado médicos y motivado por su poca predisposición a discutir ideas.

Por último, el fenómeno de las fake news se hace cada vez más presente en los comicios de 2018. Aunque la propagación de noticias falsas no es algo nuevo en el panorama electoral brasileño, en los comicios de este año se ha visto un incremento de este tipo de noticias que se propagan sobretodo en el aplicativo Whatsapp. Un estudio reciente conducido por la Universidad de São Paulo y la Universidad Federal de Minas Gerais, ha analizado 347 grupos de Whatsapp en agosto y septiembre de 2018, y concluye que la utilización de imagines para la propagación de noticias falsas es ampliamente practicada en la actualidad.

De acuerdo con la última encuesta del IBOPE, Bolsonaro encabeza la preferencia de los votantes con 59% de intención de votos validos, una amplia ventaja sobre Haddad, que aparece con un 41%. El tono más conciliador de Haddad desde que empezó la segunda ronda, que incluso propuso la formación de un frente democrático entre partidos de izquierda y de centro, demuestra producir poco efecto en la tendencia alcista de intenciones de votos hacia Bolsonaro.

Brasil se ha transformado en un país imprevisible, donde líderes y votantes, ahora más radicalizados, dejan poco espacio para la renovación profunda del sistema. Cada vez más, el éxito de los políticos depende de la manipulación de la desilusión de los votantes, condenando a Brasil a un inevitable declive democrático.

*El autor (helderdovale@gmail.com) es Profesor titular de la Escuela de Posgrado de Estudios Internacionales de la Universidad de Hankuk (Seúl, Corea del Sur).


Crédito fotografía: ESTADAO CONTEUDO

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