Maquiavelo: Imágenes de mujer

Por Mónica Billoni //

“Yo creo una cosa: es mejor ser impetuoso que precavido, porque la fortuna es mujer, y si se la quiere sumisa, resulta necesario castigarla y golpearla. Y es evidente que ella se deja vencer más por éstos y no por quienes actúan fríamente. Por eso, siempre, como mujer, es amiga de los jóvenes, que son menos precavidos, más fieros, y la dominan con mayor audacia.” El príncipe, cap. XXV.

Después de leer -y de recusar- una vez más el conocido parágrafo del florentino que aquí hemos colocado como epígrafe, formulémonos algunas preguntas: ¿ Maquiavelo es misógino? ¿Es patriarcal? ¿Su mirada sobre las mujeres es siempre la misma? Respondamos con un no a lo primero, con un sí a lo segundo y, desde luego, con un no a lo tercero, ya que de lo contrario, este trabajo no tendría razón de ser. Explicaremos estas respuestas mediante el análisis de las escasas figuras femeninas que aparecen en el corpus maquiaveliano.

La mirada tradicionalista, patriarcal y de supremacía masculina en Maquiavelo no es otra que la de su época y coincide con la de tiempos precedentes y posteriores hasta antes de ayer, podríamos decir. Por lo tanto, y tal como venía sucediendo en el mundo greco-romano, primero, y cristiano, después, la mujer, según los valores dominantes, carece de autonomía, queda excluida del espacio público, relegada al ámbito doméstico, acallada mediante la represión y la humillación y colocada en el lugar que “naturalmente” le corresponde: el de esposa y madre. La política es, en consecuencia, una actividad viril y, si algún papel relevante le cabe a alguna dama en este sentido, es el de ser un factor desencadenante (activo o pasivo) de intrigas y conflictos.

Es importante agregar, sin duda, el hecho de que, en el angosto espacio de lo público que delinea la monarquía y el absolutismo en ciernes en el siglo XV, la mujer de casa noble será una pieza importante en el tablero de la política de alianzas matrimoniales, fundamental en lo que concierne a la relación de fuerzas entre los Estados europeos y entre las ciudades-Estado de la península itálica.

En el ámbito privado, cualquiera sea la clase social de pertenencia, será ante todo, el soporte del esposo y de los hijos. Reina de su casa, objeto de la pasión erótica y elemento decorativo, en el caso de las clases altas; trabajadora doméstica (fregona, costurera, tejedora en la casa, labradora en el campo) entre el pueblo. En el terreno teórico, quizá sea Aristóteles y sus consideraciones sobre la condición femenina expresadas en la Política, quien establezca canónicamente las cualidades femeninas a ensalzar y los lugares de mostración de las mismas. Para decirlo coloquialmente, recordemos que el Estagirita nos manda a callar y a lavar los platos con graciosa alegría, que no con felicidad porque ésta está reservada sólo a los varones en su calidad de ciudadanos. Silencio y domesticidad, entonces, son los atributos deseables, por los hombres, claro, en una mujer.

De acuerdo con lo anterior, si hemos de encontrar mujeres en la obra de Maquiavelo, donde mejor lo haremos es en los escritos no políticos, en su teatro, en su poesía, en la correspondencia. Pero como se trata del bromista secretario, la afirmación anterior también merece matices. Maquiavelo siempre ofrece alguna contracara, alguna aparente incoherencia -que muchas veces es una estrategia retórica- que lo vuelve, por eso, tan apasionante. O sea que, también encontraremos, aunque en menor medida, mujeres en su obra política: en El Príncipe, en los Dicorsi, en el Arte de la guerra y en la Historia de Florencia. Son alusiones breves y, en general, marginales, aunque, como veremos, existen interesantes excepciones.

En los escritos literarios y en sus cartas, sobre todo en éstas, Maquiavelo se dice un experto en cosas de mujeres, por lo que se siente autorizado no sólo a opinar sino a aconsejar a sus amigos, quienes, por otra parte, acuden a él, es decir, que lo reconocen como consejero sentimental. Recordemos que para el florentino, el saber que hace al experto es el saber de la experiencia. Y, en materia de asuntos femeninos, su experiencia, considera él, es abundante y variada.

Para adentrarnos ya en el análisis de sus textos, en primer lugar, vayamos al teatro:
Lucrecia, en La mandrágora, ofrece la imagen, desde mi punto de vista, más interesante. Nos es presentada como una mujer joven y bella pero también como una mujer sagaz. Aunque los discursos de algunos otros personajes sobre ella intentan hacerla aparecer como tonta, el espectador/lector tiene claro que tontos son los que la califican de tal (su marido, Fray Timoteo). Además, Lucrecia es buena, no sólo en el sentido de la castidad sino, lo cual es lo más importante, desde el punto de vista ético. Es compasiva hasta el punto de ser el único personaje al que le horroriza el que se mate a un hombre y, más aún, el ser la causa mediata de esa muerte provocada. Si bien su rol es, en principio, pasivo, objetual, en el desenlace va a asumir una conducta diferente: decide. Decide castigar la imbecilidad y la inescrupulosidad de sus allegados mediante las siguientes “penalidades”: el disfrute de una sexualidad satisfactoria, la opción por una infidelidad impuesta en un principio contra su voluntad pero ahora elegida y el trueque de la castidad por la picaresca. Lucrecia se ha convertido en el verdadero sujeto de la acción, la protagonista con todas las letras.

Clizia, en la menos conocida pieza Clizia, es la contrafigura de Lucrecia. Absolutamente pasiva al punto de la ausencia. Ausente de la escena pero permanentemente aludida como objeto del deseo de los hombres protagonistas, especialmente, en la confrontación padre (viejo)-hijo (joven) a propósito de la muchacha. Recordemos al pasar el célebre humor de Maquiavelo, en este caso para ridiculizarse a sí mismo, hombre ya mayor, en relación con el affaire Bárbara, su joven amante ocasional, para quien escribe las letras de las canciones de la obra. Toda la crítica coincide en el carácter autobiográfico de la Clizia. Si bien, con otro tono, Bárbara será celebrada explícitamente en poemas eróticos que quedarán inéditos. Sóstrata y Sofronia: la matrona, la mujer casada desde hace tiempo, madura, desencantada, astuta y pragmática y, por ello, inescrupulosa. Ambas, personajes secundarios pero imprescindibles de las dos piezas mencionadas.

Si dejamos el teatro pero seguimos en el campo de la literatura de ficción, nos encontramos con el Belfagor. La obra misógina por excelencia según la crítica. Sin embargo, y aunque ciertamente el personaje femenino reúne un cúmulo de defectos, la gracia de la narración y el triste papel que desempeñan los personajes masculinos atenúan si no disuelven tal misoginia. Las malas artes femeninas lejos de desvalorizar a la protagonista parecerían volverla poderosa. Veamos en forma muy breve la historia.

Las mujeres son causa de que el infierno esté poblado de varones que llegan incluso a preferirlo como alternativa al matrimonio, al punto tal de que Plutón envía a uno de sus diablos, Belfagor, a hacer una comprobación empírica de tal preferencia. Onesta (adviértase la mordacidad a la hora de nominar) es el personaje verdaderamente satánico por su maldad y su capacidad de aterrorizar, aunque Maquiavelo no se detiene en una descripción detallada. Si bien mala y banal, Onesta es poderosísima, más incluso que el mismo diablo, ya que, no sólo le hace la vida insoportable a su lado, sino que será incluso el arma de triunfo del enemigo circunstancial de Belfagor. Éste podía ser capaz de posesionarse de muchas otras mujeres pero se aterrorizaba y resultaba fácilmente engañable apenas se invocaba a la agente de sus penas; éste es el recurso que su enemigo conoce y utiliza, el mero nombre de Onesta, arma más efectiva que la espada.

Si regresamos a las grandes obras políticas maquiavelianas, podemos preguntarnos, como ya lo hicimos en una oportunidad para el caso del Leviatán, si sería posible una Princesa. Creo que el realismo político de Maquiavelo perfectamente lo permitiría. Si atendemos a su método de valerse de su experiencia del presente y de las experiencias de los grandes hombres del pasado, encontramos muy pocas referencias a mujeres. Alguna reina, alguna diosa, alguna dama romana, alguna florentina insidiosa…

La única mujer relevante es Catalina Sforza, que aparece en El Príncipe, en el Arte de la Guerra y en la Historia de Florencia. El motivo de su referencia tiene que ver siempre con la guerra y, específicamente, con la utilidad de las fortificaciones. Sólo secundariamente se extiende, en algún caso, Maquiavelo, en el relato de sus acciones en pro de la conservación del poder en Forlí. Y aunque el episodio que más famosa hace a Catalina tiene que ver con la exhibición, en términos literales, de su femineidad genital, Maquiavelo la celebra por su comportamiento viril, es decir, Catalina vale porque es una mujer que no se comporta como tal sino que lo hace como un hombre. La androginia de Catalina es lo que se festeja. Es mujer pero no actúa como tal: no se acobarda, no lloriquea, no se muestra dependiente, sabe tomar decisiones, pelea armas en mano. Es decir, no es una mujer. Sin duda, Catalina podría ser un eficaz príncipe nuevo. Y, desde luego, la óptica patriarcal permanece intacta. Siglos después será también una mujer el mejor ejemplo de soberano para Hobbes: Isabel, un alma viril encerrada en la débil anatomía femenina.

En los episodios históricos de los que Maquiavelo se nutre reiteradamente, los personajes femeninos son irrelevantes, excepción hecha quizá, como lo señala Pitkin, de la Lucrecia romana, factótum de la caída de los Tarquinos. Las demás son siempre o bien urdidoras de intrigas, desencadenantes voluntarias o involuntarias del conflicto entre facciones o bien piezas intercambiables en el armado de las alianzas entre familias poderosas.

Para terminar, examinemos una pieza rara, evidentemente escrita en broma, una especie de listado de máximas de comportamiento galante donde Maquiavelo coloca en el mismo plano, en igualdad de condiciones, a hombres y mujeres, sobre todo en lo que respecta a la conversación ingeniosa, a la cultura de la conversación. En Capítulos para una compañía de placer, al imaginar la organización de una especie de club (la compañía) de gente con humor, dice:

“Que dicha compañía tenga un jefe, hombre o mujer, que dure ocho días en su cargo…” (…) “Se debe hablar siempre mal el uno del otro y de los extranjeros que lleguen, decir todos sus pecados y hacerlos escuchar públicamente sin ningún respeto.” “Que jamás se pueda, bajo ninguna circunstancia, hablar bien uno del otro…” (…) “En dicha compañía, jamás se deba o pueda guardar silencio…” (…) “Aquel o aquella que diga muchas palabras y pocas conclusiones será más honrado y tomado en consideración…”

Bienvenido sea el humor de Maquiavelo, único rasgo, quizá, que, por lo menos en el terreno imaginario de lo lúdico, atenúa su patriarcalismo. Dentro de un ámbito que no es político pero tampoco doméstico nos trata de igual a igual y, sobre todo, no nos condena al silencio.

* La autora es docente de Teoría Política en las Licenciaturas en Ciencia Política de UNL y UNR.


Bibliografía

  • Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Buenos Aires, 1998.
  • Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Madrid, 1987.
  • Maquiavelo, Nicolás, El arte de la guerra, Madrid, 1988.
  • Maquiavelo, Nicolás, Historia de Florencia, Madrid, 2009.
  • Maquiavelo, Nicolás, Textos literarios, Buenos Aires, 2010.
  • Beard, Mary, Mujeres y poder, Barcelona, 2018.
  • Fenichel Pitkin, Hanna, Fortune Is a Woman, Chicago and London, 1999.Verrier Dubard de Gaillarbois, Frédérique, “Machiavel et les femmes. Entre machisme et protoféminisme: bilan post-feministe des lectures machiaveliennes”, en el Colloque Le problem Machiavel. Science de l´homme. Conscience de l´Europe, París, 2013.

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